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Y así, de pronto, se ha ido... Justo al rodear la esquina, paseando por la casa de los álamos, el muro de sillar, estaba ella. En aquel momento, era la ciudad, la plaza desierta, la noche iluminada, era la hermosa mujer, la hermosa ciudad.
En un parpadeo, la mujer es una niña, huye al horizonte. La multitud se interpone, paseando por las calles, mezclando sus vidas con las nuestras.
Los muros que rodean el camino parecen de cristal, y a través de ellos miro la privacidad vulnerada de una casa y en ella sus habitantes son ahora parte de nosotros.
El panorama cambia de forma, la plaza no es sino un callejón, las paredes serpentean lo mismo entre una fila de arboles que entre la gente.
Cambian los personajes, cambia la arquitectura, la ciudad cambia. Ante mis ojos, la ciudad deja de ser igual, cambia para siempre, sin dejar de ser la misma.
No hay libertades rotas, solo hay un par de reglas. El arquitecto (el programador) ha asegurado el orden, y con esto, las posibilidades son virtualmente infinitas.
Mira más allá. Ahora, ella esta allí. Avanza un paso hacia el frente, hacia ti. Como en un sueño...
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